viernes, 1 de abril de 2016

Una pieza más en un complejo rompecabezas (4/3/16)

Ciertamente, el acuerdo que el Gobierno alcanzó con los fondos buitre y que pone la solución de este prolongado conflicto al alcance de la mano nunca puede ser un motivo de festejo. Terminar cediendo, tras más de 14 años, a las exigencias de un puñado de especuladores que se aprovecharon de la desesperación de los bonistas tras la cesación de pagos del país no es el mejor final para esta historia. Pero hay que aceptar que este resultado no es el producto de una decisión apresurada e irreflexiva de las autoridades actuales sino de un largo proceso plagado de errores que se pueden remontar a las propias condiciones de emisión de los bonos que en pocos días se terminarán de cancelar.

Pero si bien el acuerdo no es un motivo para el festejo es bienvenido que la administración haya podido insertar esta pieza esencial en el complejo rompecabezas económico que le dejó la gestión anterior y que viene intentando resolver.

Para ello, el Gobierno ha planteado una estrategia que, respondiendo indudablemente a la lectura política que hace de la situación, pone el énfasis en uno de los grandes problemas de la economía que es restablecer la rentabilidad esperada de los sectores más dinámicos. Ha avanzado en esta dirección a través de la devaluación y la eliminación de las retenciones, de la solución del conflicto con los holdouts, que debería provocar una caída en el costo de financiamiento en dólares del sector privado, y de un clima de negocios más favorable y previsible. Ha dejado para más adelante la solución de otro de los grandes problemas que presenta la economía, por su gran efecto desestabilizador, que es el enorme déficit fiscal. Busca contener este efecto desestabilizador a través del acuerdo con los fondos buitre y el acceso al financiamiento internacional que éste puede brindar. Con esta estrategia pretende limitar el inevitable costo político de modo tal de hacerlo más manejable.

Será esencial ver el curso de las negociaciones salariales y el accionar posterior de las autoridades para ver cuál es el grado de convicción y la predisposición para tolerar la reacción de los sectores perjudicados por el esquema elegido. Un termómetro, en este sentido, será lo que suceda con el salario real. Si logran completar el 2016 con una retracción del 5% o más en el mismo, mostrarán lealtad a su libreto y habrá motivos para mantener la expectativa.

Abundan las personas, fuera y dentro del Gobierno, que están ansiosas y hasta decepcionadas por el ritmo que vienen teniendo las reformas pero lo cierto es que nadie puede saber de antemano cuál es la estrategia que mejor cumple con las restricciones políticas y económicas que existen. Aquella estrategia que puede parecer más apropiada en lo económico puede violentar las limitaciones políticas y viceversa. La nueva administración está jugando sus cartas, con la legitimidad que el voto popular le otorga, y si, al menos, logra generar las condiciones para evitar la crisis que acecha al final del camino ya se puede considerar exitosa.


viernes, 8 de enero de 2016

Un delicado equilibrio

En estas primeras semanas del nuevo gobierno parece haber primado la sensatez y, lejos de las soluciones de shock que algunos proponían, se va en busca de un huidizo equilibrio: se trata de ir lo más lejos posible con las medidas que la economía requiere para salir de su prolongado letargo distribuyendo los costos de una manera tolerable para los distintos sectores, de modo de asegurar la paz social y garantizar un rumbo económico sostenible.

Aquellos que esperaban que en estas primeras semanas se avanzara con mayor decisión sobre problemas acuciantes y de gran trascendencia como el elevado déficit fiscal o que consideran que el nuevo valor del dólar oficial no es lo suficientemente alto como para incentivar a ciertos actores productivos a poner nuevamente manos a la obra o continúa siendo inconsistente con la enorme masa de pesos que emitió en los últimos años el Banco Central para cubrir las necesidades del Tesoro pueden estar ansiosos. Pero es indudable que si el Gobierno hace mal sus cálculos e intenta extraer de los sectores equivocados más de lo que éstos están dispuestos a ceder, el escenario se puede complicar fácilmente y las buenas expectativas que muchos tienen se pueden esfumar rápidamente.

El caso paradigmático es el que plantea el frente sindical. Con la eliminación de las retenciones y la devaluación y las subas de las tarifas de los servicios públicos que se prevén, las autoridades económicas le están aplicando una quita al poder adquisitivo de los salarios. Con el diálogo y los compromisos apropiados, es de imaginar que los líderes sindicales pueden estar dispuestos a aceptar una merma en el mismo pero esto tiene un límite y, si no se identifica correctamente, la situación puede desembocar en una alta conflictividad laboral o en un nivel de aumentos salariales que le ponga un piso muy elevado a la inflación o que empuje al Gobierno a embarcarse en una política monetaria excesivamente contractiva para someterla.

En cualquier caso, estamos hablando de todos escenarios poco compatibles con una recuperación sólida de la economía, que dependerá esencialmente de que se pueda trazar un programa consistente, que brinde un horizonte de rentabilidad para los diversos sectores que en los últimos años se han visto paralizados por un modelo que priorizó las necesidades políticas por sobre la viabilidad económica.

Desde ya, ninguno de estos escenarios resultaría alentador tampoco para las posibilidades electorales del partido gobernante en las elecciones legislativas del 2017.

En definitiva, se trata de acertar en un delicado equilibrio, sabiendo que, a diferencia de otros momentos complicados de la historia económica argentina, se cuenta con un margen de financiamiento disponible que permite ir dosificando los costos a lo largo del tiempo.


jueves, 17 de diciembre de 2015

Optimismo moderado

Al cierre de esta edición, Mauricio Macri está iniciando su mandato como nuevo presidente de la república. Su promesa de avanzar con las medidas que la economía necesita para volver a crecer tras 4 años de estancamiento y la composición de su gabinete con personas con la calificación y la seriedad necesarias para implementarlas invitan al optimismo. Sin embargo, los antecedentes históricos deben introducir una cuota de moderación en nuestras expectativas y actuar como un llamado a todos los argentinos a participar desde sus lugares para facilitar el proceso y contribuir a darle forma.

Para ilustrar las dificultades que el nuevo gobierno tiene por delante, se puede tomar por ejemplo la problemática del atraso cambiario, un tema que a lo largo de la campaña y en las semanas previas a la asunción ha prometido resolver. Esta problemática ha sido frecuente a lo largo de la historia económica argentina y aquellas administraciones que intentaron corregirla no tuvieron un buen final, si bien este resultado no puede ser atribuido exclusivamente a sus decisiones económicas.

Repasando los últimos 60 años, encontramos correcciones cambiarias de una magnitud como la que se podría requerir en la actualidad o mayor a fines de 1958, en 1967, en 1975, en 1981, en 1982 y en 2002. Hubo también una devaluación importante en 1989 pero ésta se dio en el marco de los intentos por detener el estallido hiperinflacionario de ese año y no con el objetivo de poner fin a un período más o menos prolongado de atraso cambiario. En todos los casos, la devaluación dio lugar a una importante caída del poder adquisitivo de los salarios que condicionó políticamente a las autoridades y seguramente contribuyó a su posterior caída. Esta caída del salario real fue de 25% en 1959, del 7% en 1967 (un impacto morigerado por la suba de las retenciones que se aplicó a los productos de la canasta familiar), del 35% en 1975, del 10% en 1981, del 10% también en 1982 y del 19% en 2002. En el primer caso, el gobierno de Arturo Frondizi fue derrocado por un golpe militar en marzo de 1962. Si bien es cierto que su salida del poder se dio más de 3 años después de la fuerte medida cambiaria que tomó, los salarios reales se mantuvieron significativamente por debajo de los niveles vigentes antes de la medida durante el resto de su gestión, aportando un motivo de malestar. El segundo caso es el menos trascedente por el impacto acotado de la devaluación. Aun así, el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía fue turbulento y se interrumpió en junio de 1970, con su reemplazo por otro representante militar, Roberto Levingston. Tras las medidas económicas de junio de 1975, la administración de Isabel Perón duró menos de 9 meses, aquejada desde ya por problemas que no se limitaban exclusivamente a lo económico. En 1981, Roberto Viola tuvo un mandato de apenas 8 meses y medio y, en 1982, Leopoldo Galtieri, de sólo 6. Aunque el desplazamiento de este último fue provocado por la derrota en la guerra de  Malvinas, muchas veces se ha señalado que con este conflicto se buscó una distracción de las dificultades económicas que el país atravesaba en aquel momento. Por último, en 2002 Eduardo Duhalde permaneció en el poder 17 meses luego de anunciar la salida de la convertibilidad.

A favor de Macri, hay que decir que, excepto en el caso de Frondizi, en el resto, las medidas fueron tomadas por presidentes que no habían sido elegidos por el voto popular y por lo tanto carecían de la legitimidad política suficiente para tomar decisiones que tuvieran un impacto tan fuerte sobre el nivel de ingresos de la población. Incluso el propio líder radical tenía una legitimidad cuestionable ya que había llegado a la presidencia favorecido por la proscripción del peronismo.


Estos antecedentes plantean, entonces, una oportunidad y también una advertencia a la hora de avanzar en la introducción de las modificaciones que la economía necesita. Indudablemente, tanto los asesores políticos y económicos del presidente como el resto de los integrantes de la sociedad debemos aprender de la experiencia del pasado para no caer en los mismos errores que han llevado a que la Argentina sea mirada con perplejidad en el mundo como un país que nunca termina de concretar su potencial.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Con el desafío de cambiar la historia

Estamos a pocas semanas del inicio de una nueva etapa en la historia de la Argentina, con el final del mandato de Cristina Fernández de Kirchner y el inicio del de Mauricio Macri o Daniel Scioli. Y, frente a este nuevo hito, se renueva la esperanza de que finalmente los argentinos dejemos viejos vicios de lado y comencemos a construir una nación nueva, con un futuro más prometedor.

En el ámbito económico, la expectativa es que el país abandone de una vez por todas el sendero de violentas crisis recurrentes que viene transitando desde hace 40 años. En este período, los argentinos atravesamos 4 episodios en los que el PBI cayó durante por lo menos 2 años consecutivos y acumuló una reducción superior al 4%: en 1975/76, con una merma del 4%, en 1981/2, con una del 11,3%, en 1988/90, del 12,7%, y en 1999/2002, del 24,1%. Si la próxima administración no acierta con las medidas necesarias para corregir los importantes problemas de fondo que presenta la economía, indudablemente el desenlace va a ser un nuevo episodio de este tipo y se marcará un nuevo trauma en la castigada memoria colectiva.

Este ciclo ininterrumpido de crisis no es malo solamente por la magnitud de las mismas y sus graves consecuencias sobre el entramado social. Al provocar constantes y prolongadas interrupciones en el proceso de acumulación de capital por parte de la sociedad, la alejan de su potencial productivo y condenan a los habitantes a un nivel de vida inferior a sus posibilidades.

Claramente, para el logro de este objetivo, no basta con la voluntad de quien se imponga en las elecciones del 22 de noviembre. Se requerirá del compromiso de las fuerzas políticas que queden en la oposición, de los dirigentes empresarios y sindicales y, por sobre todas las cosas, de la exigencia de todos los integrantes de la sociedad, que ya manifestaron mayoritariamente una sonora demanda de cambio el último 25 de octubre. Es que no se debe ignorar que la trayectoria económica que viene siguiendo el país en los últimos 40 años es el resultado de un complejo comportamiento social en el que los distintos actores buscan apropiarse de los méritos y los beneficios en las épocas de auge y evadir las responsabilidades y las pérdidas en las de caída, en lugar de asumir y repartir en forma colectiva tanto los logros como los fracasos.

Un hecho que podría alimentar la esperanza del cambio es la posibilidad de que llegue al gobierno en forma democrática por primera vez desde la reforma electoral de 1912 una fuerza política que no es ni el peronismo ni el radicalismo, si bien éste último forma parte de ella. Es válida la expectativa de que, en caso de asumir el poder, este partido incorpore nuevas prácticas y hábitos de conducción distintos en el manejo del poder ejecutivo.

Sea como fuere, quien asuma el 10 de diciembre afronta el enorme desafío de torcer la historia. Desde aquí, le damos todo nuestro apoyo y acompañamiento en esa empresa.


lunes, 5 de octubre de 2015

Pidiendo la hora

El Gobierno parece estar saliéndose con su cometido y está llegando a las elecciones presidenciales sin haber cedido un milímetro al “club de los devaluadores”, los fondos buitre y aquellos que “quieren ajustar” porque “nunca pasaron hambre”. Pero no lo hace con elegancia. Lo hace prácticamente pidiendo la hora, pasando la gorra entre sus amigos para que no se le acaben las pocas reservas que quedan o, al menos, para poder disputar las acusaciones de la oposición de que está dejando al Banco Central “pelado”.

Y la estrategia, a juzgar por los pronósticos de los encuestadores, parece estar dando sus frutos, con Daniel Scioli con chances de ganar los comicios en primera vuelta. De confirmarse estas predicciones, el tildado por algunos economistas opositores como “el peor ministro de economía de la historia” se irá a dormir el 25 de octubre con la íntima satisfacción de haber viabilizado con su gestión la victoria del candidato oficialista en un período de estrecheces que en nada se compara con los períodos previos a los triunfos electorales del 2007 o el 2011.

Los que no nos iremos a dormir satisfechos somos todos aquellos que soñamos con un país distinto: con un país estable, predecible, en el que se apliquen planes de largo plazo, en el que la gente no tenga que apostar todos sus ahorros en una timba, en el cual la supremacía de la política sobre la economía no sea tan brutal. Y no porque Scioli sea necesariamente un peor candidato que Mauricio Macri o Sergio Massa. ¿Quién puede asegurar con absoluta certeza cuál de estos políticos tiene la capacidad, la visión y las posibilidades para lograr los objetivos planteados?

Pero un triunfo del oficialismo es una victoria de la negación, de la vista gorda, de la mentira, de patear los problemas para adelante, de la falta de diálogo y acuerdos, de la priorización del corto por sobre el largo plazo, por no hablar de la corrupción, de la que han abundado acusaciones que aun no han sido confirmadas debidamente en los tribunales. Una victoria del oficialismo implica que una parte mayoritaria de la sociedad (al menos en los términos establecidos por la Constitución para la elección presidencial) está avalando, por ignorancia, negligencia o indiferencia, todas estas cuestiones. Y resulta altamente improbable que una sociedad que permite todas estas prácticas políticas pueda construir una nación como la que muchos ambicionamos.

¿Cuál es la actitud que debemos tomar si finalmente se confirman los pronósticos de las encuestas frente a este diagnóstico tan pesimista? Indudablemente, debemos redoblar los esfuerzos para trabajar sobre la educación y la concientización de la población pero, más que nada, debemos hacer una autocrítica y ver cuáles de todas esas prácticas que lamentamos en la dirigencia política adoptamos nosotros en nuestra vida cotidiana, cuando realizamos negocios, contratamos servicios o nos manejamos por la vía pública, contribuyendo a sostenerlas y perpetuarlas.


jueves, 10 de septiembre de 2015

El ejemplo de Brasil

Los sucesos que vienen aconteciendo en Brasil deben ser seguidos de cerca por aquellos que quieren tener una idea más clara de cómo puede ser las cosas en nuestro país luego de las elecciones, a juzgar por los importantes puntos en común entre las dos naciones vecinas en estos últimos años.

Ambos países vienen mostrando una economía con poco lustre. La de Brasil creció al 1,76% en 2012, al 2,74% en 2013, al 0,15% en 2014 y se contrajo un 1,15% en el primer trimestre del 2015. La de Argentina presentó cifras del 1,9%, 2,9%, 0,5% y 1,1% para los mismos períodos. Con este telón de fondo y un año casi exacto de diferencia, llegaron a sus respectivas elecciones presidenciales. Tanto en Brasil el año pasado como en nuestro país éste, los partidos gobernantes esgrimieron la carta de la continuidad en materia económica sin anticipar la necesidad de cambios importantes para revertir el proceso de estancamiento. Asimismo, ambos vecinos están cerrando sus respectivos años electorales con enormes déficits fiscales (cerca del 6% del PBI en Brasil y se estima en cerca del 7% del PBI aquí).

Tras obtener la victoria electoral, y asegurar un nuevo mandato para el partido gobernante, la presidente brasileña Dilma Rousseff hizo lo que había asegurado que no era necesario. Con el objeto expreso de recuperar la confianza de los inversores para volver a poner a la economía en el sendero del crecimiento, puso en marcha un plan económico ortodoxo, de ajuste fiscal y devaluación de la moneda. Si bien, a medida que la recesión en el país vecino se fue profundizando y el apoyo político se fue evaporando, los objetivos se fueron flexibilizando, inicialmente se pretendía lograr un superávit fiscal primario del 1,2% del PBI en 2015 y superior al 2% del PBI en 2016. Al mismo tiempo, al cierre de esta edición la moneda brasileña llevaba perdido un 55% de su valor respecto al dólar desde el día siguiente del ballotage en el que se impuso Rousseff.

El resultado en términos políticos ha sido ampliamente negativo. La popularidad de la mandataria brasileña cayó al 8% en agosto, la más baja para un presidente desde el fin de la dictadura militar de ese país en 1985. Desde ya que la situación no se vio favorecida por el escándalo de corrupción en el que se vio envuelto el partido gobernante pero si el panorama económico no se hubiera vuelto tan sombrío, indudablemente, la imagen de la presidente no se hubiera visto tan afectada. Habría que ver hasta qué punto también incidió en esta cuestión la violación por parte de Rousseff de las promesas de la campaña. Sería completamente válido y, hasta un síntoma de madurez política, que la población, en general, y el sistema institucional, en particular, castiguen a un político por aplicar en su gestión de gobierno políticas completamente distintas a las de su plataforma electoral.


Sea como fuere, en caso de ganar las próximas elecciones, Daniel Scioli seguramente analizará en profundidad los sucesos económicos y políticos de Brasil de los últimos 12 meses. Sus dilemas serían semejantes a los de su colega: ¿toma las medidas que se requieren para salir del estancamiento económico en los primeros meses del mandato, arriesgándose a perder el capital político obtenido tras la victoria electoral, o adopta un enfoque gradual, exponiéndose a la posibilidad de que la economía siga acumulando desequilibrios y termine explotándole en algún punto del camino? Por lo pronto, siempre y cuando sea válido extrapolar el caso brasileño al nuestro, contaría con la ventaja de conocer de antemano los resultados de uno de estos ejes de acción.

martes, 18 de agosto de 2015

El debate sobre el atraso cambiario: lo que dice la historia



A medida que se va aproximando el cambio de administración e intentamos discernir la forma que tendrá el enfoque económico con el que las nuevas autoridades enfrentarán los numerosos problemas que presenta la economía, surge naturalmente el interrogante acerca de lo que sucederá con el tipo de cambio, dado el significativo atraso que éste hoy registra.

Durante la campaña electoral, por la sensibilidad que este tema presenta, se ha preferido poner el énfasis en la reducción de la carga impositiva que hoy pesa sobre las economías regionales como la principal herramienta para hacer frente a la pérdida de competitividad de la economía. Como era de esperar, se han evitado las precisiones acerca del nivel del tipo de cambio real que podría propiciarse o tolerarse durante los próximos años. Nadie va a pretender ganar una elección presidencial en los tiempos que corren diciéndole a los trabajadores que va a bajar el poder adquisitivo de sus salarios apenas asuma el cargo.

Teniendo en cuenta, entonces, que los candidatos no han aportado pistas certeras sobre este particular, podemos recurrir a la historia argentina para intentar prever cuál puede ser la evolución, elegida por las autoridades o impuesta por la realidad, de la paridad cambiaria durante el próximo mandato.

Tomando los últimos 50 años de una serie de tipo de cambio real bilateral con Estados Unidos*, se observa que siempre que éste cayó por debajo de cierto nivel, la situación no se pudo sostener en el tiempo y la salida fue brusca. Por ejemplo, entre 1972 y 1975 el peso se ubicó en un nivel históricamente alto, semejante al de la actualidad, y el desenlace, iniciado con el Rodrigazo, derivó en el mayor pico inflacionario registrado en el país hasta entonces. Pocos años después se repitió el fenómeno, entre 1979 y 1981, con la tristemente célebre “tablita” de Martínez de Hoz. Nuevamente, el final fue traumático, con una caída de más del 11% del PBI y una nueva aceleración inflacionaria. Más recientemente, se encuentra la experiencia de la Convertibilidad. A diferencia de los procesos anteriores, la permanencia de un peso apreciado se extendió durante más tiempo, entre 1991 y 2002. Sin embargo, y tal vez por ese mismo motivo, el desenlace fue aun más turbulento: la economía se redujo en cerca de un 25% entre 1999 y 2002.

Podemos situar el inicio de la actual etapa de atraso cambiario en el 2012, año en el que el tipo de cambio real cayó a un nivel semejante al de los períodos reseñados. Si la historia ha de repetirse, sólo falta establecer el momento de la devaluación y la magnitud de la crisis que la acompañará. Por diversos motivos, parece difícil que la etapa actual pueda tener una duración similar a la de la Convertibilidad, principalmente por los problemas de Brasil. Hay que recordar que la devaluación del real a comienzos de 1999 marcó el inicio del fin de ese período, por el impacto que tuvo en la evolución de las exportaciones argentinas.

Si se pretende que la historia no se repita, se requerirá de un esfuerzo social importante. Se tendrá que compensar por otras vías el efecto negativo del atraso cambiario sobre la rentabilidad de las empresas exportadoras. Esperemos que esta vez podamos evitar las experiencias traumáticas del pasado. Lamentablemente, lo acontecido hasta el momento en la campaña electoral no permite vislumbrar una sociedad madura, conciente de sus fortalezas y dificultades y dispuesta a asumir los sacrificios necesarios.