martes, 14 de mayo de 2019

Es necesario un acuerdo político II


Resulta muy satisfactorio que aquello que planteé como una expresión de deseos en el último artículo sea el objeto de la convocatoria que en los últimos días el Gobierno lanzó para lograr un acuerdo en torno a 10 puntos que considera esenciales para darle previsibilidad a la economía argentina.

Como es habitual en nuestro país, la reacción inmediata de los políticos y los analistas ha sido buscar los motivos ocultos detrás de la iniciativa, que seguramente habrá, en lugar de evaluarla de acuerdo a sus propios méritos. Y, respecto a este punto, resulta indiscutible que en cualquier país, más aun en uno como el nuestro, lograr un acuerdo de estas características podría ser un paso fundamental para sentar las bases para poner en marcha un proceso de crecimiento sostenido.

Es indudable que, más allá de todos los errores que pueda haber cometido el Gobierno en materia económica y de las falencias del gradualismo, una cuestión que siempre condicionó las posibilidades de crecimiento de la economía fue la amenaza de un retorno del populismo a finales de este año. Aun en los sectores en donde existen márgenes de rentabilidad sumamente atractivos, los empresarios van a esperar por señales claras del arco político antes de llevar adelantes una inversión porque los réditos de la misma pueden esfumarse rápidamente con un cambio de gobierno y de esquema económico como el que resulta posible a la vuelta de cada elección presidencial.

Como dice la carta que el Gobierno envió a los gobernadores, dirigentes políticos, empresarios, sindicalistas y la Iglesia, “claramente hemos tenido problemas para acordar sobre cuestiones básicas de nuestro desarrollo económico. Nuestra historia en este tema ha tenido muchos fracasos, convirtiendo a nuestro país en una paradoja mundial por la falta de desarrollo y la pobreza pese a nuestros recursos y nuestras potencialidades”. Sin lugar a dudas, nuestro comportamiento pendular a la hora de elegir un esquema económico ha tenido una incidencia fundamental en la trayectoria divergente que mostró en los últimos 70 años el PBI per capita de la Argentina respecto al de los principales países del mundo.

Por otra parte, ninguno de los 10 puntos planteados por el Gobierno debería ser difícil de aceptar por ningún dirigente. Se trata de cuestiones que nadie discute en cualquier país capitalista serio. El único motivo que puede tener un político para rechazar esta propuesta es no querer tener limitantes en caso de llegar al poder. Por las características institucionales del país, el presidente que llega prácticamente tiene vía libre para hacer y deshacer a su antojo y esto quedaría condicionado por un acuerdo como el que se ha propuesto. Si participa en este convenio ya no podrá salirse del libreto, aun cuando en determinados momentos hacerlo pueda otorgar beneficios políticos de corto plazo.


Puede ser que avanzar con este acuerdo favorezca electoralmente al Gobierno pero no es momento para mezquindades. Las cosas se dieron así y hay una oportunidad para darle una vuelta de página a la turbulenta historia económica argentina de los últimos 70 años. Los votantes deben tomar nota de quiénes se comportan a la altura de las circunstancias y quiénes no.

lunes, 8 de abril de 2019

Es necesario un acuerdo político


El primer día de abril el Banco Central tomó la decisión de garantizar una tasa de política monetaria mínima del 62,5% para todo el mes. El día anterior se habían incrementado los límites que tienen los bancos para invertir en Leliq, con el objetivo de acercar más el rendimiento de los plazos fijos a la tasa de referencia, una medida que en la primera semana de vigencia hizo que esa brecha se redujera en casi 6 puntos porcentuales.

Sin lugar a dudas, el creciente rigor monetario es cuestionable. No solo una tasa de interés real del 0,5% mensual y subiendo para un plazo fijo mayorista tomando la inflación esperada de abril, y mayor aun si tomamos la esperada para los próximos meses, es elevada y atenta contra el desarrollo normal de la actividad económica sino también multiplica peligrosamente el stock de Leliq, que ya llegó a superar el billón de pesos durante algunos días de marzo.

Sin embargo, ¿se puede juzgar al Gobierno por intentar defender con una tasa de interés excesiva una paridad cambiaria que no se encuentra alejada de la que muy posiblemente habría si los políticos de la oposición no amenazaran con un nuevo cambio de rumbo económico luego de las elecciones? ¿Porque este gobierno debería pagar el costo de una devaluación del peso que podría atribuirse más a las manifestaciones de la oposición que a su propio programa económico?

Es decir, hay buenas razones para considerar a la elevada tasa de interés real vigente el costo que todos los argentinos tenemos que pagar por tener una clase política que permite dar rienda suelta a cualquier tipo de especulaciones respecto al futuro de la economía. ¿Quién no se puede ver tentado a dolarizar sus ahorros cuando uno de los referentes económicos de uno de los principales candidatos presidenciales manifiesta públicamente que en caso de llegar al gobierno en diciembre se reimplantará el cepo cambiario? ¿Qué empresa puede poner en marcha una inversión productiva, no importa lo rentable que ésta pueda ser hoy, si a partir de diciembre se pueden restablecer las restricciones a las importaciones o sumar nuevos impuestos a las exportaciones, cambiando completamente la ecuación de esa inversión?

Se podría concluir, por lo tanto, que si la administración actual bajara la tasa de interés y dejara que el dólar se dispare hasta el extremo de la banda cambiaria o más allá se estaría inmolando y estaría permitiendo que actores políticos con igual o mayor responsabilidad sobre la situación económica actual lleguen al poder.

Si pretendemos que el país alguna vez pueda desarrollar el potencial largamente declamado y deje de retroceder en su posicionamiento relativo en el mundo, los argentinos debemos reclamar de una vez por todas que nuestros representantes políticos se pongan de acuerdo respecto a ciertos lineamientos básicos que permitan a los agentes económicos planificar y desarrollar sus proyectos de inversión sin tener que temer que en cualquier momento cambien las reglas de juego y volcar sus ahorros hacia esos proyectos sin tener que tomar resguardo contra la posibilidad de que los mismos sean pulverizados por la inflación o directamente expropiados por el gobierno de turno.

lunes, 11 de marzo de 2019

Cambiar el chip

El dólar comenzó el año con una marcha errática, cayendo en las primeras semanas por debajo del extremo inferior de la banda cambiaria pero pegando luego algunos saltos bruscos a partir de mediados de febrero. Y si bien estas subas pueden ser vistas con algo de preocupación, porque pueden volcar al electorado hacia el populismo, también generan la esperanza de que después de varios años finalmente se va a dejar de lado el atraso cambiario como un componente central del repertorio oficialista para intentar imponerse en las elecciones.

Si uno repasa, por ejemplo, los años electorales desde el 2011 hasta ahora, en todos el dólar perdió frente a la inflación, si no a lo largo de todo el año al menos desde el inicio hasta la fecha de los comicios. Y lo que tornó más grave esta práctica es que en todos los casos, con la excepción del 2011, se partió de un peso ya de por si sobrevaluado al inicio del año.

En este 2019, por primera vez desde el 2010, el dólar se encuentra en un nivel que brinda oportunidades a aquellos que quieren exportar o desean competir con las importaciones y sería una excelente señal que la paridad real se mantenga a pesar de los beneficios que puede ofrecer en términos electorales atrasar la moneda.

Los resultados de la corrección del tipo de cambio se vienen observando con claridad en los saldos comerciales que difunde mes a mes el Indec. En septiembre se registró el primer superávit comercial tras 20 meses consecutivos de déficit y desde entonces la balanza se viene mostrando positiva. En diciembre se alcanzó un excedente de 1.369 millones de dólares cuando en mayo el saldo había sido similar pero con signo negativo. En noviembre de 2017 el déficit había alcanzado los 1.500 millones de dólares.

En la medida en que se mantenga un tipo de cambio real razonable y deje de verse a esta variable como una herramienta para hacer política, las empresas van a aprovechar las oportunidades de inversión que existen pero que se dejan de lado por el temor a que el gobierno de turno o el que venga después tomen medidas que modifiquen esos precios relativos hoy favorables para el desarrollo de las mismas. Y, de esta manera, la economía va a empezar a salir del estancamiento en el que se encuentra inmersa desde el 2012. Desde ya, para que el crecimiento sea vigoroso, se requieren otros incentivos pero éste puede ser un comienzo.

En este contexto, es fundamental controlar la ansiedad. En estos 4 años se han cometido numerosos errores pero también era difícil imaginar que cualquier administración iba a poder corregir los enormes desequilibrios que existían en diciembre del 2015 en el primer intento. Se trata de ir avanzando con prueba y error y, si a finales de este año tenemos un dólar que se haya mantenido a la par de la inflación, se logra un déficit fiscal primario cercano a 0 y una desaceleración de la inflación, el balance será positivo. Y sería más importante aún que pudiera mostrarse que una coalición gobernante puede ganar una elección en Argentina sin manipular variables macroeconómicas básicas. Como sociedad, hace falta cambiar el chip.

lunes, 7 de enero de 2019

Una gran oportunidad


Tras un comienzo promisorio, el 2018 se fue dejando gran preocupación como consecuencia de la fuerte caída en el poder adquisitivo de los salarios provocada por la devaluación del peso que, hacia octubre (último dato disponible), acumulaba un 16,5%. Asimismo, la merma en los ingresos y el aumento en la desocupación explican el incremento en la pobreza, que ya se observó en el primer semestre del 2018 (con un 27,3% de la población en esa situación) y seguramente será mayor cuando se conozca la medición correspondiente a la segunda mitad del año.

Pero, al mismo tiempo, el 2018 ha dejado avances importantes en materia macroeconómica, avances que claramente no fueron el resultado de un plan cuidadosamente articulado por las autoridades económicas pero que no por eso dejan de ser bienvenidos, más aun cuando a pesar de las turbulencias que atravesamos a lo largo del año se ha logrado una estabilización de la situación.

En este ámbito se destaca, por un lado, la reducción del desequilibrio fiscal, con un déficit primario que cayó del 2,7% al 1,5% del PBI entre enero y noviembre del año pasado y el mismo período del año anterior y se encamina a cumplir con el objetivo del 2,7% previsto para el 2018, contra el 3,9% del 2017. Pero también ha sido especialmente relevante la mejora en la situación externa. En noviembre el país registró un superávit comercial por tercer mes consecutivo, un hito que no se alcanzaba desde septiembre de 2016.

Sin lugar a dudas, los aspectos positivos y negativos del 2018 se encuentran estrechamente ligados. Era prácticamente imposible para el actual gobierno, por la situación desde la que había partido, lograr avances en materia macroeconómica que no tuvieran un impacto social negativo. Por ejemplo, recortar los subsidios a la tarifas de los servicios públicos para bajar el déficit fiscal tiene un impacto directo en el poder de compra de los salarios. O permitir una suba del dólar que vuelva más competitivos los bienes y servicios argentinos frente a los extranjeros también golpea inevitablemente el bolsillo de la gente. Pero lo importante es generar lo más rápido posible las condiciones para que los empresarios vuelvan a invertir y crear puestos de trabajo en nuestro país. Esa es la manera de que esta situación difícil sea meramente coyuntural y no algo permanente.

Es en este punto en donde hay que dejar atrás el 2018, que ya es parte del pasado, y mirar hacia adelante a la gran oportunidad que el año que ha comenzado presenta. Precisamente, la elección presidencial brindará la posibilidad de ratificar el rumbo económico, un rumbo que no tiene porqué ser garantizado solo por la coalición gobernante. De hecho, sería incluso mejor que pudiéramos mostrar que, aun con alternancia política, se mantienen ciertas cuestiones básicas. Si los argentinos, a pesar de las dificultades, elegimos en octubre continuar con los actuales lineamientos macroeconómicos, estaremos dando una importante señal a aquellos que encuentran en nuestro país interesantes oportunidades de inversión pero que no se animan a colocar su dinero en ellas por temor a los bruscos cambios de reglas de juego que nos caracterizan. Y ése será un paso fundamental no solo para dejar atrás las penurias que hoy estamos sufriendo sino también para poner en marcha finalmente un proceso de crecimiento sostenido en el tiempo.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Lo que dejó la tormenta

En los últimos días se conocieron un conjunto de datos que muestran una consolidación de la estabilización financiera que logró el Gobierno a partir de septiembre. El principal de ellos es la desaceleración de la inflación, que cerró noviembre por debajo del 3%, lejos del 5,4% de octubre y el 6,5% del mes anterior. Ya se vislumbra un 2019 con tasas de inflación que tenderían a ubicarse entre el 2% y 2,5% mensual.

Otro dato elocuente del cambio en las condiciones financieras es la fuerte reducción de la salida de capitales. Como señala el informe cambiario del Banco Central correspondiente al mes de octubre, el flujo negativo provocado por operaciones del sector privado no financiero pasó de más de 6.000 millones de dólares en mayo a poco más de 1.000 millones en octubre.

El Gobierno se vio obligado por las circunstancias a realizar en este 2018 el ajuste que había buscado aplicar con cuentagotas desde que se inició el mandato. Pero, al menos, ha logrado hasta el momento que la situación no se descontrole y sigue con vida de cara a las elecciones presidenciales del año que viene.

Ahora bien, ¿se han hecho las correcciones que la economía requiere para salir del estancamiento en el que se encuentra inmersa desde el 2012? La razón básica de este estancamiento es una falta de rentabilidad en el sector privado, provocada por la alta carga tributaria y el costo laboral. Por lo tanto, para que la actividad vuelva a crecer en forma sostenida, se requiere un esquema que restituya esa rentabilidad de manera de impulsar la inversión privada, que es el principal motor de una economía capitalista.

Por el momento, las autoridades hicieron recaer el peso de esa ecuación sobre los salarios, que, de acuerdo a la información del Indec, acumularon una caída de casi 14% en los primeros 9 meses del año, una pérdida que casi con seguridad será mayor cuando se publiquen los datos de octubre. Es de esperar, como ya se viene viendo en las últimas semanas, que los sindicatos hagan sentir sus reclamos para recomponer el poder adquisitivo de los ingresos de sus afiliados. Y, en la medida en que esto suceda, se debería compensarlo con una reducción impositiva, lo que implicaría recortar el gasto público, algo que le ha planteado enormes dificultades al Gobierno. De lo contrario, se podría ingresar nuevamente en una situación de inestabilidad.

En definitiva, respondiendo a la emergencia como pudo, la administración distribuyó los costos del ajuste que hace años exige la economía de una manera que posiblemente no pueda sostenerse en el tiempo. Sin embargo, si bien las elecciones del año que viene son vistas como un factor de incertidumbre, con la amenaza del regreso del populismo como un motivo real de preocupación, también son una oportunidad para consolidar el rumbo. A diferencia de lo sucedido en 2015, en donde el ganador llegó al poder sin haber reconocido ante la sociedad cuál era la magnitud de la tarea que había por delante, a finales del año que viene puede asumir un gobierno con el apoyo necesario para mejorar el trabajo que se hizo a las apuradas en estos últimos meses.

viernes, 9 de noviembre de 2018

En la búsqueda del equilibrio

Algunos datos que se conocieron a finales del mes pasado muestran que el Gobierno, a casi 3 años del inicio de su gestión, finalmente comienza a lograr que dos variables macroeconómicas fundamentales se acerquen hacia el equilibrio.

Por un lado, en septiembre el saldo comercial mostró su primer superávit en 21 meses, de 314 millones de dólares. La última vez que se había registrado un resultado positivo había sido en diciembre de 2016, de 55 millones de dólares. Esta mejora de la balanza comercial fue producto de la fuerte devaluación que se registró este año. Se apoyó en esta etapa preliminar en el derrumbe de las importaciones (21%). Es de esperar que, en la medida en que se mantenga un tipo de cambio real competitivo, junto con un clima más favorable para las actividades agropecuarias, las exportaciones comiencen a mostrar mayor dinamismo en los próximos meses.

La otra variable que se viene moviendo hacia el equilibrio es el déficit fiscal primario. En los primeros 9 meses del año, éste se ubicó en el 1,3% del PBI, con un sobrecumplimiento del 0,6% de la meta estipulada para el período (1,9% del PBI). El Gobierno viene avanzando con firmeza hacia el objetivo del 2,7% del PBI para este año y el 0% para el que viene.

Si las autoridades económicas continúan en este rumbo pueden llegar a restablecer los superávits gemelos que se registraron entre el 2003 y el 2008 y que fueron sin lugar a duda una condición esencial para la expansión que se logró en ese período. En la medida en que el Gobierno estabilice la economía manteniendo estos equilibrios que se están alcanzando, se estarán sentando las bases para poner en marcha un proceso de crecimiento sólido.

Sin embargo, el fuerte impacto que, en términos de salarios reales y actividad económica, viene teniendo este proceso de corrección macroeconómica y la creciente cercanía de las elecciones presidenciales del 2019 generan interrogantes acerca de la capacidad del Gobierno para mantener esos logros. En agosto, el último dato disponible, los salarios habían perdido un 12,5% contra la inflación en los últimos 12 meses y la brecha seguramente aumentará en septiembre y octubre. Muy posiblemente termine el año entre el 15% y el 20%. Y, al cierre de esta edición, se conoció que en septiembre la industria se desplomó un 11,5% y la construcción cayó un 4,2% en relación al mismo mes del año pasado. La administración deberá lidiar con la reacción de la población frente a esta dura realidad y los resultados de las encuestas sobre la contienda presidencial que vayan apareciendo pueden ejercer una influencia desafortunada sobre las decisiones económicas.

De todos modos, la división del peronismo, el daño que ha causado en algunos de sus candidatos el escándalo de los Cuadernos de las Coimas y la ausencia, hasta el momento, de alternativas de peso pueden permitir tal vez que por primera vez en la historia reciente el electorado apoye a un gobierno inmerso en la gestión de una crisis que no se puede atribuir por completo a su autoría, un favor del que no gozó el radicalismo en 1989 ni la Alianza en el 2001. 

lunes, 8 de octubre de 2018

El costo de la falta de credibilidad


Muy posiblemente, en cualquier país un apoyo como el que recibió la Argentina de parte del Fondo Monetario Internacional para hacer frente a los vencimientos de la deuda pública hasta el 2020, el compromiso del Gobierno de reducir a cero el déficit fiscal primario y la fuerte corrección del dólar habrían bastado para restablecer la confianza y poner la economía en marcha.

Es indudable que si las autoridades económicas logran cumplir el compromiso fiscal y la cotización del dólar no se vuelve a atrasar en los próximos meses en forma excesiva en relación a la inflación, habrán logrado tres años después del inicio de la gestión dejar atrás los importantes desequilibrios económicos que dejó el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

El problema es que, tras siete décadas de malas administraciones económicas, no alcanza con compromisos y proyecciones. Todos estamos esperando ver cómo el Gobierno responde a las crecientes demandas de la sociedad en un período que impondrá importantes sacrificios, hasta qué punto cederá a estas demandas y cómo quedará la consistencia del programa frente a las posibles concesiones. Y, aun si se mantiene fiel al libreto, sabemos que una derrota electoral en las próximas elecciones posiblemente pondría fin a este intento de ordenar la economía.

Por lo tanto, lamentablemente, en los próximos meses sufriremos las consecuencias de una larga historia de irresponsabilidades en materia económica que hacen que el compás de espera y las dudas se prolonguen por más tiempo que el que sería necesario en un país normal, extendiendo la duración de la recesión y agregando de este modo dificultades adicionales para que la implementación del programa sea exitosa.

Nadie puede anticipar cuál va a ser el resultado que se va a lograr con el esquema económico puesto en marcha luego del anuncio del nuevo acuerdo con el fondo. Va a ser un buen test de los avances que hemos tenido como sociedad tras décadas de crisis. Si la dirigencia política, sindical, empresaria, los medios, etc., están a la altura de las circunstancias y logramos atravesar la situación en forma ordenada, buscando encontrar los equilibrios consistentes con la realidad económica de la Argentina y con el contexto internacional adverso que se planteó en estos últimos meses, saldremos fortalecidos y podremos sentar las bases para poner en marcha un proceso de crecimiento sólido que puede extenderse en el tiempo.

Si, por el contrario, caemos en las mezquindades sectoriales y en la autocomplacencia e insistimos en reclamos que son incompatibles con nuestras posibilidades, estaremos contribuyendo nuestro grano de arena para perpetuar la inestabilidad que ha caracterizado la economía argentina en los últimos 70 años y que ha determinado su continuo retroceso respecto a buena parte de los países del mundo y, sin lugar a dudas, a todos aquellos con los que nos gustaría compararnos.